Futuro | 8 MAY 2019

Oportunidades y riesgos en el fútbol del futuro

Orfeo Suárez
Periodista, redactor jefe de El Mundo y Máster en Derecho Deportivo

Cuando hablamos de futuro, pensamos, casi de inmediato, en tecnología. Sucede en todos los ámbitos, no sólo en el fútbol. El problema está en encontrar el equilibrio, porque de lo contrario podemos alejarnos peligrosamente de lo sustancial, del contenido. En los medios de comunicación sufrimos ese proceso y me pregunto si algo parecido no le está sucediendo al fútbol. Inmerso en el showbusiness, genera todo tipo de debates en los que cada vez importa menos el juego. Esta reflexión inicial me parece oportuna, porque tengo dudas de si el fútbol que viene será mejor que el actual, y es que no hay que olvidar que hablamos de una industria de emociones, cuyo éxito no está únicamente en la suma de euros y gigas.

La tecnología mejora el fútbol como mejora nuestras vidas. El VAR es un ejemplo claro, y estamos únicamente ante su primera versión. Creo que habrá evoluciones continuas del sistema hasta que los partidos sean arbitrados por la tecnología y el colegiado sea simplemente un receptor y un conductor de las situaciones conflictivas.

Los técnicos tienen, asimismo, cada vez más herramientas gracias a la tecnología para realizar su trabajo, desde el scouting a la dirección y preparación de partidos con ayuda de herramientas como Mediacoach, un software de LaLiga a disposición de los técnicos que ofrece todo tipo de detalles y estadísticas sobre el juego de sus equipos. Ello tiene, en mi opinión, una parte positiva evidente, pero otra negativa, como es la excesiva programación y robotización de los futbolistas y el juego que van en contra de la creatividad, básica para mantener su atractivo. El exceso de información suele producir colapsos. Cuando eso sucede, los anglosajones dan un consejo: back to basics.

En la difusión es donde el fútbol multiplica su dimensión gracias a la tecnología. Existe un gran campo por desarrollar a partir del partido de fútbol como producto central para crear subproductos que puedan explotarse en las diferentes plataformas. Facebook, Netflix o HBO, junto al streaming, van a ser actores clave en ese proceso. El fútbol ontime es oro, pero hay que conseguir que, en diferido, sea, al menos, plata.

Los estadios van a sufrir, asimismo, cambios profundos. Para rentabilizarlos, han de ser instalaciones vivas, que ofrezcan servicios todos los días, con su propio modelo de negocio. En México, el nuevo estadio del León ofrece espacios a empresas para que sean oficinas de día y palcos de noche. Ésa es la línea. Además de los recintos comerciales y de ocio, pueden vincularse a proyectos educativos, como universidades del deporte. Veremos cada vez más estadios que puedan techarse y césped artificial hasta tener una superficie homologada que prevenga del riesgo de lesiones y unifique la velocidad del balón.

Ir al estadio o recrear el estadio en tu casa. El aficionado podrá sentirse dentro del terreno de juego mediante la realidad virtual, hasta permitir a los seguidores que no puedan acudir al estadio, sentirse en el sofá de su casa como si estuvieran en una localidad.

Con la globalización sucede como con la sobreinformación, mientras permanece la incógnita de dónde está el equilibrio. Crecen las competiciones, en un afán de FIFA, UEFA, federaciones nacionales y ligas por ganar cuota de mercado. La impresión, en ocasiones, es que no parecen entender que forman parte de un todo. La última idea de crear una gran liga europea en detrimento de las competiciones nacionales es, en mi opinión, arriesgada, porque puede llevar a una pérdida de la identificación en un espacio, como el español o europeo, donde el fútbol es un elemento vertebrador, es también tribu. Del mismo modo, puede perderse el atractivo de lo inesperado, la victoria del pequeño sobre el grande. En una lucha de ricos contra ricos no hay héroes, y sin héroes no hay pasión, ni negocio.

  

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