Futuro | 21 SEP 2019

El fútbol, deporte universalizable

Galder Reguera
Responsable de Actividades Athletic Club Fundazioa

El 21 de febrero de 1932, en el diario Ahora, el portero Ricardo Zamora se atrevió a escribir un artículo vaticinando cómo creía que sería el fútbol del futuro. El ilustre guardameta afirmaba en esas líneas que en el año 2000 el fútbol sería el deporte rey en España, con miles de clubes profesionales y millones de hinchas que seguirían a sus colores con pasión desbordada. En lo relativo al juego, sospechaba que la capacidad atlética (¡y la “clarividencia de espíritu”!) de los jugadores habría mejorado hasta tal punto, que las dimensiones del terreno serían mucho más grandes y, probablemente, ya no se practicaría once contra once, sino con varios hombres más sobre el césped. Para el cancerbero, la mejora de la capacidad de los deportistas resultaría también en una mejora proporcional de la diversión del espectador: afirmaba que cada partido en el año 2000 sería un fantástico espectáculo. El portero concluía con una aspiración: “Entonces, y solo entonces”, escribía, “estaremos en igualdad con Inglaterra”.

Lo que Zamora no consideró, quizá porque era realmente impensable en su momento, era la dimensión global del juego en los comienzos del s XXI. Esa es la verdadera cuestión para abordar: por qué el fútbol es un fenómeno global y por qué, creo, seguirá siendo el deporte rey a nivel mundial en las siguientes décadas. Creo que la respuesta tiene que ver con la propia universalidad del juego.

En el momento en que escribo este texto (o en el que tú lo lees, da igual) se están disputando miles de partidos de fútbol a lo largo y ancho del mundo. Mujeres, hombres, niños y niñas, ancianos (también algún perro) de los cinco continentes corren ahora mismo detrás de miles de balones (de cuero, plástico, tela) u objetos que ansían y simulan serlo (bolas de cinta aislante, latas de refresco, pelotas de papel). De todos esos partidos, solamente un porcentaje marginal cumplirá unos mínimos normativos. La gran mayoría, por ejemplo, obviará la regla del fuera de juego (los jueces de línea son un lujo accesorio) o carecerá de árbitro (¿quién quiere ser trencilla en una pachanga de amigos?). Pocos serán entre dos equipos de once jugadores y menos aún se disputarán sobre un campo de fútbol como tal, sino en parques, descampados, playas, salones de apartamentos, lugares en los que el terreno nunca será diáfano, sino que estará repleto de obstáculos que salvar… o utilizar para nuestra ventaja (una farola puede devolvernos una preciosa pared). Una gran parte de esos miles de partidos de fútbol no contará con dos porterías (con una sola se puede jugar perfectamente) y otra gran parte no contará, de hecho, con ninguna, sino con jerséis en el suelo, árboles a modo de postes, bancos de plazas haciendo de improvisadas metas. Por cada larguero real, hay cientos imaginados; por cada balón que golpea en la madera, hay decenas de discusiones de jugadores sobre si la pelota entró o no en una portería imaginada, invisible, pero previamente consensuada.

Por supuesto, la práctica totalidad de los encuentros que ahora se disputan se juegan sin áreas pintadas (aunque sí proyectadas desde puntos acordados), sin círculo central, sin líneas de fondo o laterales que separen lo que ahí acontece del resto del mundo. En esos partidos no hay línea que separe fútbol y vida.

Y esa es, precisamente, la grandeza de este juego: la manera en que está unido a las personas, más allá de las posibilidades materiales. Es algo casi natural: lancemos una pelota a un grupo de niños y ahí surge un partido espontáneamente, en el que reglamento, porterías y campo de juego serán consensuados en función de las posibilidades del lugar y a medida que se juegue. Y eso es bueno. La grandeza del fútbol es que es un deporte universalizable. Porque, aun no siendo entre dos equipos de once jugadores, careciendo de porterías, de árbitros, de balón reglamentario, de un conjunto de reglas definido… ¿son esos partidos que hemos evocado acaso otra cosa que verdadero fútbol?

Podríamos decir que mientras los niños sigan pateando todos los objetos que parecen balones, seguirá habiendo fútbol. Y nada parece que esté cambiando, por suerte.

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